Dime cómo hablas y te diré quién eres (parte I)

En 1949 un trágico suceso perturbó a la sociedad británica y sacudió el panorama judicial y lingüístico del resto del mundo Te contamos…


Con todo y que una de las funciones del lenguaje humano es la comunicación, no hay dos personas que lo utilicen exactamente del mismo modo; ya que cada individuo lo codifica y descodifica a su manera estableciendo sus propias marcas lingüísticas. Por lo tanto, no es magia saber quién dice o escribe qué. Analizar y decodificar lo expresado por alguien fue posible gracias al lingüista sueco Jan Svartvik en la década de los cincuenta, cuando le llamó la atención las distintas confesiones de un condenado a muerte y, al analizarlas, sin saberlo revolucionó el campo forense-judicial.


El origen… Todo comenzó el 30 de noviembre de 1949 cuando el joven galés Timothy John Evans manifestó que había asesinado a su mujer embarazada. Como es natural, se procedió a la investigación policial y en ella se recopilaron tres declaraciones del asesino confeso: en una de ellas se declaraba autor de los hechos, pero en las otras dos se decía inocente y acusaba a su vecino J. Christie.

Después un juicio plagado de contradicciones e inconsistencias, Timothy fue condenado a muerte en marzo de 1950. Tres años después, se hallaron seis cuerpos humanos en la vivienda de Christie, el vecino al que Evans había denunciado. Entre esos cuerpos estaba la mujer de Evans. En medio de la tragedia el caso se reabrió y, finalmente, en 1966 se dio a Evans el perdón póstumo. A pesar de haberse aclarado quién fue el asesino, aún seguían muchas interrogantes en el aire: ¿por qué las declaraciones de Evans habían cambiado tan radicalmente?

Es aquí cuando entra en escena Jan Svartvik. La noticia llamó su atención y se dio a la tarea de analizar, palabra por palabra, las cuatro declaraciones de Evans. Al concluir determinó que las características lingüísticas de algunos fragmentos (curiosamente los inculpatorios) eran estilísticamente diferentes al resto de la declaración. Svartvik dedujo que esas discrepancias confirmaban la inocencia de Evans; de esta manera su estudio fue fundamental para que, además del perdón póstumo, se exculpara al joven y quedara libre del asesinato. El lingüista llamó a su estudio sobre las características del habla, «lingüística forense». Esta nueva disciplina partió de la premisa que los individuos tienen la capacidad de elegir entre una serie de formas lingüísticas que definen su propio estilo y éste se convierte en algo parecido a una huella dactilar; por lo tanto, la manera como nos expresamos es una evidencia contundente que puede usarse en un juicio penal.


Por la boca muere el pez... En las décadas siguientes al caso Evans la nueva disciplina solamente se solicitó en ocasiones aisladas, tanto en Estados Unidos como en Canadá; no obstante, desde ese momento su consolidación fue progresiva hasta llegar a su completa institucionalización.

En 1991 se creó en St. John’s College de York, la Asociación Internacional de Fonética Forense (IAFP), hoy Asociación Internacional de Fonética y Acústica Forense (IAFPA), y un año después la Asociación Internacional de Lingüistas Forenses (IAFL) en la Universidad de Birmingham.


La lingüística forense está definida como la interfaz entre la lengua y el derecho, dividida en tres áreas: el lenguaje jurídico, el lenguaje judicial y el lenguaje probatorio o evidencial; en esta última es donde se centra la mayoría del trabajo pericial. En particular el área evidencial se enfoca en la construcción de perfiles lingüísticos para determinar a un sospechoso, además de la atribución de autoría, la detección del plagio, la identificación de locutores y el análisis del discurso para determinar acoso, amenaza, coacción o injurias. O como dice el lingüista Don Foster:


Los seres humanos son prisioneros de su propio lenguaje, por eso, el análisis científico de un texto puede revelar datos tan claros como las huellas dactilares o el DNA.


Precisamente, fue a través de la lingüística forense que Foster resolvió un caso clave en la historia criminal de Estados Unidos: el del terrorista FC, más conocido como Unabomber… pero ésa es otra historia que te contaremos en la siguiente entrega.



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